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De Lord Ponsomby a la tarifa parabólica

Lord Ponsomby, embajador británico
en Río de Janeiro y principal antagonista
de Dorrego durante el breve paso de éste por
el gobierno de la provincia de Buenos Aires.
(Télam, por Juan Carlos Jara *).- El grupo unitario rivadaviano, ligado desde siempre a la política británica en el Río de la Plata, fue el instigador principal del fusilamiento de Dorrego. Basta con leer las cartas que Juan Cruz Varela y Salvador María del Carril dirigieran a esa “espada sin cabeza” que fue el general Lavalle para comprobar el fino trabajo de incitación al magnicidio que llevaron a cabo y que culminó, aquel aciago 13 de diciembre de 1828, con la ejecución del primer “coronel del pueblo” en los campos de Navarro.
Demostrada incuestionablemente la coparticipación criminal de la secta liderada por don Bernardino, tampoco se puede dudar de que detrás de ella asomaba la garra imperial del Foreign Office, encarnado en este caso en la figura de Lord Ponsomby, embajador británico en Río de Janeiro y principal antagonista de Dorrego durante el breve paso de éste por el gobierno de la provincia de Buenos Aires.
El indiscreto y envanecido lord ya lo había predicho: “me parece que Dorrego será despedido de su puesto y poder muy pronto”.
Para lograr ese cometido contó con el apoyo de los accionistas, mayoritariamente ingleses, del Banco Nacional (que de nacional no tenía nada), quienes privando de recursos económicos al gobernador le impidieron proseguir la guerra con el Brasil y desplegar la política federal y americanista que se había propuesto; lo que en definitiva disparó el descontento de la tropa que siguió a Lavalle en el golpe de estado del 1º de diciembre -con la consiguiente ejecución de Dorrego- y culminó en la conformación de la Banda Oriental como país independiente, una de las obras magnas de la diplomacia colonialista inglesa en estas playas.
El propio Ponsomby lo había expresado con claridad: “Europa (y cuando él decía Europa quería decir Inglaterra) tendrá el derecho y ciertamente no carecerá de los medios ni de la voluntad de intervenir en la política de América, por lo menos en la medida necesaria para la seguridad de los intereses europeos”.
Lo cierto es que ese intervencionismo, generalmente solapado pero no por ello menos efectivo y férreo, se prolongará durante más de un siglo de dominación semicolonial. En ese lapso, los resortes esenciales del desarrollo (o infradesarrollo) económico argentino permanecerán en manos de los intereses a los que aludía el atildado lord.
Por eso, cuando otro 13 de diciembre, 79 años más tarde, se produzca el descubrimiento de una importante napa de petróleo en Comodoro Rivadavia, el presidente Figueroa Alcorta deberá desechar las estipulaciones y/o impedimentos del ultraliberal Código de Minería antes de poder asegurar, a duras penas, una reserva fiscal de cien mil hectáreas alrededor de esa población. Con el agravante de que, tiempo después, el Congreso reduciría la extensión de la reserva a sólo cinco mil hectáreas, aduciendo, como lo hará el senador tucumano Alberto de Soldati, que el estado es “un mal industrial”.
Esa concepción cerrilmente spenceriana, antiestatista y por lo tanto enemiga del desarrollo industrial del país, ya había impuesto innumerables obstáculos a la explotación de otros yacimientos descubiertos con anterioridad, sobre todo en las provincias del noroeste.
Un diputado roquista, Osvaldo Magnasco, quien supo enfrentarse al monstruo británico -y por eso fue radiado de la galería de próceres de la historia oficial- se cansó de denunciar en el Congreso la influencia de las empresas ferroviarias en el estancamiento de nuestra industria petrolera.
Magnasco insistía en condenar la nefasta política de fletes y abogaba por la intervención del estado en la formación de la tarifa ferroviaria, “a no ser que se quiera ahogar en su cuna mejores industrias”.
La condena del legislador recaía sobre el sistema de la llamada tarifa parabólica -“más importante que el derecho aduanero”, al decir de Scalabrini Ortiz-, a través de la cual se alentaba o desalentaba, según las conveniencias británicas, el desarrollo nacional en ramas específicas de la producción. Y como el petróleo constituía entonces un riesgoso competidor del carbón británico, Inglaterra abolió de esa manera, durante décadas, toda perspectiva de explotación petrolera, además de hundir en los archivos, como afirma el propio Scalabrini, “hasta la memoria de su existencia”.
Pero la desmemoria nunca es eterna y los hilos que nos unen al pasado tarde o temprano se recomponen. Poco antes de su caída, Dorrego había hablado de la necesidad de “hombres patriotas y conocedores del país” para llevar adelante una política sin condicionamientos sectoriales ni extranjeros. Esos hombres llegaron, traídos por la oleada popular de 1916 y se llamaron Hipólito Yrigoyen y Enrique Mosconi. Ellos forman parte de otro, menos agobiante, momento de esta larga historia.


(*: Juan Carlos Jara es miembro del Centro Cultural Discépolo)

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