EL PRIMER SITIO DE LA HISTORIA DE JUNIN EN INTERNET. CONSTRUYENDO EN POSITIVO A PARTIR DE CONTAR EL PASADO DE TODOS LOS JUNINENSES

El cacique Pincén. Su detención, su paso por Junín. Destierro y retiro

Allá por el año 1878, Pincén encarnaba la estampa de la altivez indígena y en la línea de la frontera era temido cual una aparición fantasmagórica proveniente de los confines desconocidos de la pampa hostil y desierta.
No lo detenían ni las zanjas de los cantones, ni la ostensible superioridad de las armas de fuego, que ya por ese entonces comenzaban a utilizar los milicianos.
Bravo como un yaguareté, difícil de acorralar, no puede negarse que por su trascendencia heroica reclame páginas de historia y de epopeya.
Pincén, el indomable, no acepta ni considera amenazadas: el peligro es lo normal para el cumplimiento de su destino racial y va gloriosamente al encuentro de la muerte, cual dramático personaje escapado de las leyendas de sus antepasados.
En ocasión que el coronel Villegas lo invita a someterse responde con la altivez propia de su estirpe: "¿Villegas quiere tomarme...? Que venga a buscarme a Malal...! (lugar donde se hallaban las tolderías del cacique Pincén ubicado en la provincia de La Pampa, unos 45 kilómetros al norte de la ciudad de Santa Rosa y en las proximidades de la localidad de Winifreda). Allí donde encabezaba sus huestes y dominaba sus tolderías, allí donde nadie se atrevía contra él.
Pero el "Tigre del Desierto" coronel Conrado Villegas, se le parangona en valor y en decisión, y va en su búsqueda aceptando el desafío.
Parte del moderno fuerte de Trenque Lauquen, disponiendo en la vanguardia su tropilla de un solo pelo, los celebres "blancos" y en medio de resonar de cascos por el aire puro de las pampas se llega hasta las mismas tolderías de Malal. Lo acompañan en la emergencia trescientos hombres de tropa y doce baqueanos.
Las fuerzas antagónicas chocan y combaten con denuedo, hasta que finalmente las huestes de Pincén son totalmente derrotadas. Las tropas de Villegas iban pertrechadas con armas de fuego de último modelo. Los aborígenes, por su parte, sólo disponían de lanzas y boleadores ya que algunos remingtons arrebatados a los soldados en anteriores entreveros carecían de proyectiles.
Una vez aniquiladas sus fuerzas y constatada su completa derrota, Pincén huye en su mejor caballo de reserva, llevando consigo a su más pequeño e idolatrado hijo.
Ya a prudencial distancia del escenario de la sangrienta batalla y habiendo extenuado su caballo, se apea para refugiarse como un felino mal herido en la espesura de unos altos pajonales y espanta al animal para que se aleje del lugar.
Allí espera, más no tarda en ser descubierto por un piquete de exploración y limpieza, eficazmente secundado por diestros rastreadores.
El ladrido y gruñido de los mastines alerta a los soldados quienes se acercan sigilosamente mientras apuntan con sus remingtons, en la creencia que se trataba de algún animal salvaje oculto en esos enmarañados matorrales.
Pincén, a todo esto, agazapado, escucha y observa atentamente pero al momento de verse encañonado, se considera irremediablemente perdido. Sosteniendo a su hijo entre los brazos, se levanta para rendirse por primera vez en su larga y azarosa vida de cacique.
La escena que aquí se desarrolla bien merece una profunda y cuidadosa reflexión: Un indio acorralado en el corazón mismo de su pampa salvaje, desarmado y mostrando a su pequeño retoño, se rinde, como simbolizando a la raza sacrificada, que ofrece su descendencia a una nación que surge vigoroza.
Después de ser hecho prisionero, fue exhibido en las calles de Buenos Aires como una nota curiosa, como un estupendo trofeo, siendo finalmente recluido en la isla Martín García, donde añorará melancólico la pérdida de su libertad y sus destruidas tolderías.
Pero algún tiempo después es liberado y tratado con respeto tras reconocérsele que supo defender hasta el final lo que él creía sus justos derechos. Ataliva Roca, ya sea por un sentimiento humanitario o por cálculos políticos, gestiona y obtiene de su hermano el general Julio A. Roca, a la sazón presidente de la República, la libertad del intrépido cacique ranquelino.
A condición de que se disponga mantener una nueva vida pacífica, se le ofrece la elección del lugar para radicarse. Pincén acepta y elige el paraje denominado "Bajo Hondo", ubicado en la cercanía de la actual localidad de Vedia.
Y aquí surge nuevamente la figura de Pablo Vargas. Este irreconciliable enemigo que lo enfrentó tantas veces, y que finalmente lo condujo prisionero a Buenos Aires, es ahora designado para acompañarlo hasta la toldería por aquel elegida, que por rara coincidencia se encuentra muy cerca al lugar donde Vargas explota un campo en posesión precaria. Esa futura vecindad servirá para una completa reconciliación de ambos protagonistas.
He aquí una curiosa anécdota referida por Dionisio Schóo Lastra en su libro titulado "La lanza rota". Al ser Pincén conducido prisionero a Buenos Aires bajo la custodia de Pablo Vargas, éste decide detenerse en Junín y pernoctar en una posada ubicada donde hoy funcionan las oficinas del Correo, en Arias y Rivadavia.
Bien pronto la noticia despierta gran interés entre los fotógrafos lugareños, deseosos de poder realizar alguna toma del tan mentado prisionero.
Cuando el primero de ellos se acerca con su cámara para fotografiarlo, acomoda el trípode y luego de cubrirse con el paño negro lo enfoca. Pincén -excesivamente desconfiado por naturaleza- cree que va a ser fusilado en el acto. Levanta entonces sus manos engrilladas y grita azorado. pidiendo que por última vez se le permita ver a los suyos.
Así comenzaba a doblegarse ante su destino adverso, este altivo e indomable guerrero ranquelino. Es de lamentar que hasta el momento no se haya podido establecer la fecha de su muerte, ni tampoco el sitio donde se encuentra sepultado este personaje tan singular que llenó un importante capítulo en la historia del desierto y que había heredado los atributos de sus fuertes razas, pues se sabe que su madre, cautivada en la provincia de Córdoba, era de orígen español.


(Fuente: Luis Sciutto Ferretto, "Junín en la historia y hombres que lo impulsaron")






Cacique Pincén

Se llamaba Pincén. Tenía 70 años cuando dejó que su alma también fuera apresada en cinco fotos tomadas poco después de su captura, en noviembre de 1878 por el fotógrafo italiano Antonio Pozzo, con estudio en la calle Victoria 590 (hoy Hipólito Yrigoyen) esquina San José.
El 11 de noviembre de 1878, en un telegrama al nuevo ministro Julio A. Roca (Alsina había fallecido), el coronel Conrado Villegas le comunicaba su captura.
Pincén fue sentado sobre un matungo ayudado por su sobrino el capitanejo Mariano Pincén y con las manos atadas en la espalda con un tiento crudo, fue llevado a Trenque Lauquen, donde estaba acampado Villegas. Allí se desarrolló la siguiente escena, que muchos años después recordaría un testigo presencial, doña Martina Pincén de Cheuquelén, nieta del cacique "...Estábamos todos nosotros (en Trenque Lauquen) cuando vino el General (Villegas) y le habló, y el abuelo dijo: ¡No me maten! Pero después dijo: Si me van a matar, que se salve mi familia. El cacique se paró, alto como era, blanco, estaba vestido de gaucho; chiripá y bota de potro, camiseta, camisa blanca.
Y lo sacaron así, con camisa y todo. Se lo llevaron. Estaban allí todos, la finada mamá, mi tía María. Se lo llevaron..."
La captura de Pincén marca el ocaso de la resistencia indígena que se inició un siglo antes, a mediados del siglo XVIII, cuando las incipientes estancias cercanas a la ciudad de Buenos Aires avanzaban sobre lo que era territorio indígena, ocupando progresivamente los campos donde los aborígenes se abastecían de ganado salvaje. Despojados de los campos y de su ganado, las comunidades comenzaron a asaltar las estancias con malones para conseguir alimento, tras lo cual los habitantes de Buenos Aires levantaron los primeros fortines, que fueron de hecho la primera frontera defendida por el Cuerpo de Blandengues, una especie de milicia formada paisanos mal armados y mal pagados.
En las décadas siguientes, el desarrollo de la ganadería con vistas a su exportación desde el puerto de Buenos Aires, reavivó la urgencia por expandir la frontera más allá del límite natural que trazaba el río Salado. Y si bien en un comienzo predominó la política de integración basada en tratados y negociaciones pacificas con los indígenas del sur, las hambrunas y la pérdida progresiva de los territorios aumentó la virulencia de los malones indígenas. Entre 1868 y 1874, durante la presidencia de Sarmiento, el Ministro de Guerra Adolfo Alsina buscó frenar los ataques con el cavado de una zanja paralela a la línea de frontera, de unos 3 metros de ancho por 2 de profundidad, pero no tuvo éxito. Su sucesor, Julio Argentino Roca, se inclinó por asignar un gran presupuesto para armar un ejército que erradicara a los indios del territorio entre la frontera y el Río Negro. Y la estrategia fue exitosa: el avance de cinco divisiones de 2 mil hombres, bien vestidos, comidos y armados fue incontenible. De una población total indígena de unos 19 mil hombres y mujeres, la campaña al Desierto cosechó; -5caciques principales presos (entre los que estaba Pincén) y uno muerto (Baigorrita) -1.271 indios de lanza presos. -1.313 indios de lanza muertos. -10.513 indios de chusmas presos. -1.049 indios reducidos.
Es en ese contexto donde resalta la figura del cacique Pincén, al frente de una tribu de no más de 1.500 indígenas con tolderías en Toay, a unos 220 km al oeste de Guaminí, porque resistió hasta el final la colonización de sus tierras librada bajo la bandera del progreso y la civilización. Según explicó la investigadora Susana Rotker en su libro Las cautivas. Olvidos y memoria en la Argentina, la campaña al Desierto tenía móviles bastantes más materiales: "Entre 1822 y 1830, los Anchorena - primos de Juan Manuel de Rosas, uno de los más exitosos líderes de las llamadas campañas del desierto- acumularon 352.000 hectáreas de la pampa. La conquista del desierto, comandada por Roca en 1878 y 1879 agregó unos 54 millones de hectáreas al "patrimonio nacional", que fueron entregadas en gran parte a especuladores y terratenientes, como ya era la tradición"

Misterio
¿De dónde había venido Pincén? ¿Cuál era su origen? Algunos decían que había nacido en Guaminí. Pero para fuentes consultadas por el historiador, diplomático, periodista y académico Estanislao Zeballos, Pincén era un indio nacido en Carhué y que hizo su fama en prácticas malhabidas: creció haciendo viajes desde la pampa de Buenos Aires a los valles andinos, traficando ganado robado en la República Argentina para llevarlo a Chile, "donde los indios eran recibidos como mercaderes honrados, mientras en nuestros campos dejaban marcado su paso con sangre y cenizas. En Chile les era comprada la hacienda a razón de un poncho por vaca, una botella de caña o aguardiente por yegua, como precios corrientes, sin perjuicio del negocio de prendas de plata, cuentas, armas y abalorios". También de acuerdo con esta versión, recreada en el libro de Zeballos, Episodios en los territorios del sur (1879). "La fama de Pincén subió de grado en los pagos andinos y lograba arrastrar en sus correrías y aventuras nuevos mocetones araucanos que, cediendo al espíritu aventurero y a la codicia, lo acompañaban a buscar fortuna; y como la bola de nieve, la clientela de Pincén aumentaba sin cesar."En su libro Pincén, mito y leyenda, el historiador Juan José Estévez reseña varias teorías contradictorias sobre el origen del cacique. Como la del historiador y antropólogo Milcíades alejo Vignati quien asegura que los rasgos de Pincén no son los rasgos de un indígena cien por ciento. "Indudablemente hay mezcla, hay sangre india pero atenuada; casi podría asegurarse que no es fruto de primera mestización: es decir que uno de los abuelos ha sido el portador de la sangre indígena." O la de otro historiador; Dionisio Schóo Lastra quien, en La lanza rota (1951), cuenta que las ancianas de la tribu de Pincén recordaban que el cacique era hijo de una cautiva cordobesa de Río Cuarto y que de ella había heredado el ser ladino (conocer los dos idiomas y, por eso, podía precaverse más que los demás) y la audacia que siempre mostró.
Según Schóo las ancianas contaban que Pincén había heredado el cáracter de su madre, una cautiva blanca de Río Cuarto que se enamoró de un joven capitanejo que tenía por vocación el "amansar fieras", o sea, dedicado a la crianza y adistramiento de pumas americanos y que por ello dede joven lo llamaban Ayllapan (ailla=nueve, pangui=león o puma). De la unión de ambos nació Pincén, quien fue un eximio cazador y adiestrador de pumas, actividad que habría aprendido de su padre.
De contextura atlética y robusta, con su metro ochenta de altura, Vicente Pincén se destacaba por sobre las siluetas de los demás indígenas. Frente a un ejército poderoso y pertrechado, su nombre comenzó a ser leyenda en su juventud en la zona de Pergamino por vencer a los militares con ingenio y ferocidad. Se contaba por ejemplo la vez en que Pincén y cien de los suyos volvían de un malón con cerca de 4.000 potros arrebatados de las estancias del lugar. "Dieron contra un cuerpo de línea que los aguardaba pie a tierra, cerrándoles con las bocas de sus armas el paso entre los cañadones. Los indios, sintiéndose perdidos, se volvieron a mirar al cacique como requiriéndole que resolviera la situación. Pincén, con un golpe de vista de buitre, improvisó con sus hombres una manga y lanzando por entre ella a los 4.000 potros espantados, los llevó contra los soldados que resultaron pisoteados y dispersos. Pincén ganó el desierto sin una baja y con todo el arreo"
O cuando hacía frente a los fusiles a repetición con un arma de su invención llamada el lazo: la llevaban dos caballos unidos por un lazo y en medio de éste, suspendida, una bola grande de piedra. Se ponían al galope los caballos, que eran azuzados para que continuaran en esa ruta. La piedra golpeaba así el corazón del piquete haciendo el desparramo o impidiéndoles a los soldados tomar puntería, mientras los indios se acercaban con rapidez para ultimarlos.
En esta lucha entre indios y soldados, sólo se podía vencer con el ingenio porque, a diferencia de lo que sucedió en los Estados Unidos -con los comancheros o los traficantes de armas-, en nuestras pampas los aborígenes no tuvieron acceso a las armas de fuego. Por el contrario, ya en 1877 -cuando se inicia la última fase de la Campaña al Desierto-, el soldado bien montado y con un sable estaba notoriamente en mejores condiciones de defenderse frente a un indio con una lanza de casi tres metros o portando la llamada bola perdida o bola de combate, por más diestramente que se la manejara. (El coronel Villegas solía decir que un soldado en estas condiciones equivalía a tres o más indios.)

General Villegas en pose ganadora

Ya esto había que sumar el Remington. Porque con el antiguo rifle de un solo tiro
-que le insumía unos minutos al soldado volverlo a cargar- el indio sabía que era el momento oportuno para irse al humo y ultimar al soldado (de ahí la frase: "se me vino al humo"). Pero el Remington, un rifle a repetición, puso de una vez y para siempre a los indios en franca desventaja en el combate dejándoles la huida como única salida posible.
Batallas y detención
Pero más allá de su astucia, la fama de Pincén creció por su postura ofensiva contra el gobierno de Rosas en desmedro de la postura acuerdista y sólo a veces defensiva del cacique Calfucurá.
Según Estanislao Zeballos, "Pincén pasó a la historia como indio cabal, baqueano consumado, guerrero corajudo, cazador de fama, jefe montaraz, huidizo, con frecuentes cambios de habitat (...) que emerge con fuerza su señera figura ofreciendo resistencia a todo intento de penetración militar en sus dominios. (...) Se distinguió siempre por su bravura y la efectiva táctica de rápidas guerrillas para mantener atemorizados a fortineros y pobladores. Se manifestó reacio a firmar tratados de paz; y cuando lo hizo, para asegurarse la entrega de raciones, abandonó la actitud pacífica ante el menor incumplimiento, dando muestras claras de su inveterado espíritu guerrero que de inmediato transmitía a sus capitanes, para así volver a malonear, una y otra vez, en el oeste y norte de la provincia de Buenos Aires, causando muertos, incendios y pillaje (La Picaza, Junín, La mula colorada; Fortín vigilancia, Colonia de Brizuela, Fortín Bagual, Carlos Casares, Tapera de Díaz, Fortín Esperanza, Bahía Blanca)" Entre sus mayores audacias se cuentan el robo de los famosos Blancos de Villegas, el 21 de octubre de 1877, cuando los indios se llevaron de la comandancia de Trenque Lauquen, 53 de esos caballos blancos, custodiados bajo siete llaves. Como viejos contrincantes, Pincén y el coronel Villegas se tenían gran respeto. fue Roca quien ordenó a Villegas batir a Pincén en sus propios dominios y conducirlo prisionero a Buenos Aires. Y Villegas cumplíó. el Cacique fue detenido con su familia en noviembre de 1878, cerca de la laguna Malal (noreste de La Pampa), y un mes después, arribó a la capital, para ser recluído en la Isla Martín García con parientes y otros de su tribu.
Muerte misteriosa
No hay datos exactos sobre su muerte. Hay quienes dicen que el cacique murió en la isla Martín García, en una segunda prisión tras cuatro años de libertad.
Otros aseguran que ya estando en libertad, Pincén decidió morir en Guaminí, donde para algunos habría nacido y donde vivió en sus años mozos y que por esto partió con algunos miembros de su familia hacia Los Toldos y después hacia su morada final, a orillas de la laguna El Dorado.
Dicen que la última vez que se lo vio, allá por 1896 ó 1897, el cacique juntaba maíz en las chacras de San Emilio.
Dicen también que cuando se sintió morir Pincén viajó a Trenque Lauquen a despedirse de su familia. Y que su cadáver fue llevado por los blancos. Para otros, su cuerpo fue envuelto en cuero y arrojado a una laguna. Y Juan José Estévez se inclina por la versión de que algún familiar pudo haberse encargado de los restos y se hallen en custodia en algún cementerio.
Hoy Luis Eduardo Pincén, tataranieto del cacique, 45 años, profesor de Ciencias Naturales y presidente de la ONG Namuntu (Estar de pie), dice que el legado de Pincén es enorme porque da el marco de cómo vivir y cómo trabajar.
"Nosotros, los indígenas, no éramos tan malos como nos pintaban. Fuimos los primeros villeros, los primeros rebeldes por la frustración que sentimos al ser desalojados de nuestra cultura e incluidos en una sociedad que sólo nos acepta en los estratos más bajos."
Por esto hoy Luis Eduardo Pincén libra una lucha diaria y pacífica con el objetivo de que todos los indígenas que viven en la Argentina recuperen su dignidad. "Porque para nosotros el hombre está integrado al universo: el nehuén, o la energía espiritual del hombre, es uno más con el nehuén del agua, el del viento, del guanaco y del ñandú. Y nuestro espíritu, nuestro kempeu, es uno solo y sufre mientras haya un descendiente que está perdido y revive cuando hay un descendiente que pelea por su gente."














¿Quién fue José Inocencio Arias?


José Inocencio Arias (n. Buenos Aires, 28 de diciembre de 1846 - † La Plata, 12 de septiembre de 1912), militar y político argentino, que participó en las últimas guerras civiles argentinas y ejerció el cargo de gobernador de la Provincia de Buenos Aires.

Biografía
Se unió al ejército del Estado de Buenos Aires poco antes de la batalla de Pavón, que fue su bautismo de fuego. Participó también en la batalla de Cañada de Gómez.

Hizo la campaña completa de la guerra del Paraguay, luchando en casi todos los combates; fue herido de gravedad en la batalla de Curupayty. Pasó los cinco años de la guerra en el frente, y regresó en 1870 a incorporarse a las fuerzas que hacían la guerra contra el caudillo entrerriano Ricardo López Jordán.

Destinado como segundo jefe de un regimiento de infantería en Buenos Aires, fue nuevamente herido en 1874, cuando intentaba evitar un duelo entre sus oficiales. Apenas repuesto, salió a campaña a enfrentar la revolución de 1874, contra la elección presidencial de Nicolás Avellaneda. El ejército rebelde, dirigido por Bartolomé Mitre e Ignacio Rivas había hecho una errática campaña por el sur de la provincia de Buenos Aires y marchaba hacia el norte, intentando incorporarse al otro ejército rebelde, dirigido por José Miguel Arredondo.

Dado que estaba en inferioridad numérica, se atrincheró en la estancia La Verde, del partido de Nueve de Julio, donde a Mitre no se le ocurrió otra cosa que mandar varias cargas directas de su caballería contra las posiciones gubernamentales. Los hombres de Arias los destrozaron con sus armas de repetición. Con sólo 400 hombres, Arias derrotó a los 3.000 de Mitre.

Participó de la Conquista del Desierto de 1879. Al año siguiente se unió a las fuerzas porteñas rebeldes contra las nacionales durante la guerra por la federalización de Buenos Aires: si bien logró detener a los nacionales en la batalla de Puente Alsina, el relativo fracaso en la batalla de los Corrales Viejos significó la derrota definitiva de la rebelión porteña. Fue perdonado y reincorporado al ejército, con el cual hizo algunas campañas menores en la patagonia. Participó en la lucha contra las revoluciones radicales de 1890 y 1893. Fue varias veces diputado nacional.
Entre 1894 y 1898 fue vicegobernador de la provincia de Buenos Aires; y fue gobernador desde mayo de 1910. Falleció ejerciendo ese cargo, en 1912.

NOTICIAS DE LA HISTORIA
MAR DEL PLATA (1911)

Llegada del gobernador Arias, aqui lo vemos con el ministro doctor Sojo y el diputado doctor Llobet, paseando por la rambla

José Tomás Sojo Orue, tiene en estos momentos 40 años de edad; fallecera en 1938.

Durante la gestión del Gobernador José Inocencio Arias, 1910 - 1912, era Ministro de Obras Públicas un hijo de Saladillo, el Dr. José Tomás Sojo, quien toma la decisión política de construir un ferrocarril estatal, para darle mayor dinamismo al puerto de La Plata y penetrar en el corazón de la provincia, en zonas de rica producción agrícola - ganadera.

La expectante situación del Dr. Sojo como Ministro hace que frente a la tranquera de la Estancia "Santa Isabel" se levantara la estación José Ramón Sojo, sus galpones y depósitos para locomotoras, que quedó inaugurada el 17 de marzo de 1912, fecha en que el propio general Arias, deja librado al servicio público el primer tramo del Ferrocarril Provincial de Buenos Aires, en ceremonia llevada a cabo en Saladillo.
El hoy conocido "paraje Sojo" fue en su momento un homenaje de un hijo, ministro, a su progenitor, don José Ramón Sojo.
Fuente: www.saladillo.gov.ar



Bibliografía
Scenna, Miguel Ángel, 1874: Mitre contra Avellaneda, Revista Todo es Historia, nro. 167.
Vedoya, Juan Carlos, 1880: al fin la capitalización, Revista Todo es Historia, nro. 160.
López Mato, Omar, 1874: Historia de la revolución olvidada, Ed. Olmo, s/f.
Sáenz Quesada, María, Argentina, capital Belgrano, Revista Todo es Historia, nro. 59.
Gassio, Guillermo H. y San Román, María C., La conquista del progreso. Memorial de la Patria, tomo XIV, Ed. La Bastilla, Bs. As., 1984.
Giberti, Hugo A., Buenos Aires. Calles conocidas, soldados olvidados, Ed. Edivérn, Bs. As., 2001.
D’Amico, Carlos, Buenos Aires, sus hombres, su política.

EN NUESTRA CIUDAD SE LO RECUERDA CON UNA CALLE QUE NACE EN LA ESQUINA CON MITRE (IRONIAS DEL URBANISMO) Y TERMINA EN LA AVENIDA CIRCUNVALACION, ATRAVESANDO LOS BARRIOS "EL PICAFLOR", "PRADO ESPAÑOL" Y "11 DE JULIO"















Cuando Mitre fue tomado prisionero en Junín

Bartolomé Mitre
En el año 1874, a causa de hondas divergencias de carácter político, el general Bartolomé Mitre encabeza una revolución para derrocar al gobierno de Avellaneda.
Las tropas acantonadas en el fuerte de Junín tienen una activa participación en ese lamentable suceso.
El comandante Francisco Borges, por entonces jefe de la guarnición local, interviene con parte de la misma y en apoyo de los revolucionarios en la recia batalla de "La Verde". En la acción es herido de gravedad y muere como consecuencia días más tarde.
La batalla fue librada en una estancia próxima a la laguna "La Verde" en el límite de los partidos de 25 de Mayo y Bolívar, sitio donde estaban atrincheradas las fuerzas gubernamentales al mando del coronel José I. Arias.
El mayor Manuel López se alista en la emergencia en el bando de Mitre, en tanto que el capitán Pablo Vargas se mantiene fiel a las tropas que responden al Gobierno.
En el fragor de la sangrienta lucha, también Vargas es herido de consideración, sin abandonar por ello su puesto de responsabilidad en el combate.
Y he aquí una anécdota referida por don Gregorio Vargas, sobrino-nieto de aquel intrépido militar.
Coronel Francisco Borges
 Finalizado el encuentro con el triunfo de las tropas del Gobierno, y en momentos en que se estaba concentrando a los prisioneros, Vargas divisa a la distancia dos jinetes que huyen, exigiendo visiblemente mayor velocidad a sus cabalgaduras. Montado en su famoso pingo pangaré, prestamente se lanza en persecusión de los fugitivos hasta darles alcance, cuando los tompa prisioneros, comprueba con sorpresa que uno de ellos no es otro que su jefe inmediato: el mayor Manuel López, de quien se había separado días antes.
Cipriano Catriel, aquel cacique civilizado y por muchos discutido, también se encuentra entre los derrotados. Parapetado con un reducido grupo tras la volanta de Mitre, que había sido volcada a manera de barricada, resiste heroicamente hasta el final de la lucha. Y es también Pablo Vargas el que llega impetuoso hasta el lugar para gritarles virilmente: "Por orden del coronel Lagos, ríndanse!". Así toma prisioneros al famoso cacique y sus acompañantes.
Catriel -que conocía bien a Vargas- se entrega pidiendo clemencia ya que sabiía la suerte que le esperaba. No obstante, algunos días más tarde el prisionero es puesto a disposición de las tribus capitaneadas por sus propios hermanos, los que habían peleado junto a las tropas del Gobierno y lo pedían para juzgarlo como traidor.
Cipriano Catriel
Cipriano Catriel pagó entonces con su vida la osadía de haberse sublevado siendo su propio hermano quien lo ultimó de una feroz puñalada. Mientras se debatía entre los estertores de la muerte se lo oyó pronunciar estas palabras: "Chanchú hermano...!", expresión que quería decir: "Hermano cochino".
El general Mitre, por su parte, que se hallaba en el lugar digiendo la batalla, comprende con amargura la inutilidad del esfuerzo que se está realizando, ya que le falta cooperación suficiente para poder lograr lo que considera justos y razonables objetivos.
A pesar de contar aún con una considerabvle fuerza que le responde ampliamente, prima su profundo sentimiento humano y su sensatez, y se decide abandonar la cruenta lucha, tan difícil de inclinar rápidamente a su favor. No quiere seguir viendo correr ante sus ojos tanta sangre generosa; ordena la rendición y se aleja de la zona de peligro, pues conoce muy bien rl riesgo que corre su vida como consecuencia de la severidad militar en vigor.
En su rápida retirada llega hasta el fuerte de Junín donde tiene buenos amiso. Don Juan Narbondo le da albergue y protección en su casa-quinta, pero allí es descubierto dos días más tarde y tomado prisionero.
De inmediato pide clemencia para sus subordinados, pero nada pide para él, pues se considera responsable y prefiere afrontar con estoicismo la penosa situación de prisionero.
La mansión de referencia fue demolida en el año 1931, luego de haber sido donada por su propietaria, dona Juana Iribarne viuda de Narbondo, con la finalidad de que se erija en ese lugar una escuela de Artes y Oficios.
Esta voluntad quedó posteriormente concretada en realidad con la construcción de la actual Escuela de Educación Técnica Nro. 1 "Antonio Bermejo" delimitada por las calles Moisés Lebensohn, Ramón Falcón y 12 de Octubre.
Llama la atención que las autoridades que tuvieron a su cargo la selección del nombre para tan importante edificio no hayan considerado, en primer lugar, al de su donante, teniendo en cuenta los altos fines que la animaron a tomar esta magnífica actitud.

Cómo se llegó a la batalla de "La Verde"

De Wikipedia, la enciclopedia libre

Batalla de La Verde
Parte de Guerras civiles argentinas
Fecha26 de noviembre de 1874
Lugarestancia La Verde, partido de Nueve de Julio provincia de Buenos Aires, Argentina
ResultadoVictoria del Ejército Argentino
Beligerantes
Ejército ArgentinoEjército Liberal
Comandantes
José Inocencio AriasBartolomé Mitre
Fuerzas en combate
9004.500
Bajas
 ?1.000
Batalla de La Verde (provincia de Buenos Aires, 26 de noviembre de 1874), combate entre las fuerzas nacionales al mando del teniente coronel José Inocencio Arias y las revolucionarias, dirigidas por Bartolomé Mitre, que dio fin a la revolución de 1874 en la provincia de Buenos Aires.

Antecedentes

La derrota electoral de Bartolomé Mitre en las elecciones de 1874 frente a Nicolás Avellaneda hizo estallar una revolución de su partido, con la excusa de que éste había triunfado gracias al fraude. El fraude había existido, pero lo habían usado ambos bandos y el propio candidato derrotado lo había utilizado varias veces en el pasado.
La fecha programada para la revolución era al día siguiente de la asunción de Avellaneda, ya que aceptaban como legal al gobierno de Sarmiento; pero como sus preparativos fueron descubiertos, se lanzaron a la rebelión antes de esa fecha. Poco después estallaba otra en San Luis y el sur de la provincia de Córdoba, dirigida por el general José Miguel Arredondo, que nunca llegó a coordinarse con la primera.
Por varias semanas, el grupo de Mitre, inicialmente dirigido por el general Ignacio Rivas, recorrió el sur de la provincia de Buenos Aires, reuniendo soldados de la frontera con los indios y voluntarios armados, hasta llegar a reunir casi 5000 hombres, incluidos muchos indios amigos. Pero las provincias que se habían comprometido a apoyarlo, especialmente Corrientes y Santiago del Estero, no se unieron a la revolución. Pese a haber conseguido varios éxitos parciales, sobre todo por deserción de las fuerzas leales, los hombres de Mitre no lograban hacerse fuertes en ninguna ciudad.

Desarrollo

Cuando se dirigían al norte de la provincia, encontraron al entonces teniente coronel José Inocencio Arias, que se había dirigido al frente de combate con su regimiento de infantería sin saber dónde estaba el enemigo, y había quedado muy adelantado. Sorprendido por la cercanía del ejército rebelde, se había parapetado con sus 900 hombres en la estancia La Verde (cerca de Nueve de Julio), aprovechando las instalaciones rurales y cavando rápidamente varias fosas defensivas. La desventaja numérica de Arias podía ser compensada sólo por la mejor capacidad de fuego de su infantería, la excelente posición defensiva, y la disciplina profesional de sus hombres.
Mitre supuso que la diferencia numérica era suficientemente amplia como para asegurarle la victoria, y ordenó un ataque en masa de todos sus hombres, la enorme mayoría de los cuales eran de caballería. Tras cuatro horas de lucha, sin embargo, había perdido más de mil hombres, incluyendo varios oficiales superiores, entre los cuales el más destacado fue el coronel Juan Francisco Borges (de quien se dice que se hizo matar al ver que eran derrotados), abuelo del escritor Jorge Luis Borges y amigo personal de Arias.

 Consecuencias

Mitre, derrotado, se trasladó a Junín, donde permaneció unos días en la casa de su amigo Narbondo. Pero Arias se dirigió hacia allí, forzándolo a capitular. Poco después, Arredondo era derrotado y apresado en la batalla de Santa Rosa (Mendoza), con lo que la revolución fracasaba y el gobierno de Avellaneda podía continuar su curso en paz.
Curiosamente, los hombres de Mitre habían logrado aplastar todas las revoluciones que habían estallado en su contra durante su gobierno gracias a la superioridad de armamento de su infantería en las batallas, frente a numerosos montoneros que los cargaban de frente; pero, al parecer, nunca entendió por qué los había derrotado. De otra forma, no se explica cómo hizo exactamente lo mismo que había llevado a la derrota a sus enemigos.
Arias fue premiado con el ascenso a coronel; llegaría a ser general y gobernador de la provincia de Buenos Aires. La carrera política de Mitre pasó a un franco segundo plano desde entonces, convertido en una especie de leyenda histórica viviente, que distintos grupos usaron para sus propios fines; pero nunca realmente volvió a reunir apoyos personales tan importantes como hasta esa fracasada revolución. En cuanto a Rivas, su carrera llegó ese día a su fin, y moriría seis años más tarde en un cargo administrativo secundario.















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