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HISTORIAS FUNDACIONALES - HACIA LOS 190 AÑOS DE JUNIN

El legendario Bar "Los Inmortales"

(Fuente: Revista Historia de Junín, Año 1 Nro. 1, diciembre de 1968)

Sobre el vértice de una de sus esquinas tradicionales, la esplendente calle Rivadavia, columna vertebral del trazado callejero juninense, absorbió con avidez la policromia que le ofrecía la presencia singular de un Bar, que con sus características propias, pasó a integrar la esencia misma de la ciudad.
Cada vez que el augurio de la anécdota, cobra validez en la cita de los hombres de la época, surge a través del tiempo un nombre con perfiles de leyenda: "Bar Los Inmortales".
Su artífice fue un inmigrante peruano, Don José Bucceta, que llega a Junín en 1910 y comienza su peregrinar de copas nocturnas, trabajando en calidad de mozo en el Club Social, cuando este funcionaba en la planta alta del edificio Basterreix (en Benito de Miguel y Belgrano), encontrándolo casi enseguida en su proyección de propietario, al adquirir un bar que funcionaba en las esquinas de Rivadavia y Francia (ex Casa Aloni) y que pertenecía a don Sabino Felipe, para más tarde trasladarse enfrente, donde años más tarde asomara el inolvidable "Café Tokio".
Se va acercando a la esquina que proyectara el nombre de "Los Inmortales" pues en primer instancia inaugura un bar en el mismo terreno donde hoy se levanta el Club Social, para después si afincarse en la tradicional esquina de Rivadavia e Inglaterra en ese momento, hoy calle Malvinas Argentinas y entonces sobre esa edificación iniciar a partir de 1918 todo un anecdotario del Junín de entonces.
El "Bar Los Inmortales" encuentra su nombre en el acierto encumbrado de dos hombres de la noche, que sabían el gusto distinto de la vida nocturna, don Diogenes Vera y don Ernesto Martínez, a ellos el homenaje por el acierto.
Pero a igual que Bucceta recordaremos a otros hombres que fueron sosteniendo la responsabilidad de mantener en vigencia la vida de este bar: ellos fueron don Juan Liciaga, dueño del mismo durante el año 1921; don Juan Domenech que también lo regentea en el lapso del mismo año para pasar luego a manos de los señores Capelli y Postiglione que lo trabajan hasta 1927.
Cabe mencionar que Francisco Postiglione, llegaba a Junín con un gran prestigio musical, que lo llevó a fundar su propio conservatorio.
De regreso de un viaje a Europa, don José Buccetta vuelve a comprar "Los Inmortales" en sociedad con Juan Bussalino y al retirarse este, queda como único dueño hasta promediar 1943, en que cerró sus puertas definitivamente.
Esta es su historia de dueños, pero existe otra historia, formada por los acontecimientos que en sus salones se produjeron.
Salones que albergaron los sueños de eternos estudiantes, que se regocijaron con el humor de cuanto caminante asomara por Junín, que supiera del brindis en las horas del triunfo de nuestros grandes equipos de fútbol y que engarzaron la sobriedad de serios profesionales con la bohemia de los músicos y los poetas, junto a la modestia del obrero.
Salones que no pudieron escapar a la época bravía de entonces y que conocieron la rondina siniestra de la muerte, traída de la mano por personajes del arrabal que llegaban a "Los Inmortales" a dilucidar sus pretensiones.
Respetuosamente recordamos el nombre de algunos de sus iniciales y posteriores concurrentes, que seguramente, desde la inmensidad del cielo, estén reclamando el servicio correcto de don Pepe Olazabal, el eterno mozo de este refugio nocturno, amigo y conocedor del gusto de cada uno de ellos.
Cómo no nombrar en esta semblanza a Juan José Martinelli, Enrique Bazzano, Eduardo Battilana, Simón Behety, Máximo Ballusci, Pedro Echevarne, Sebastián Berga, Miguel Azil, Los Pierro, los Mingorance, los Trinca, los Buono, los Larrory, Donato Mierzo, Domingo Ordoñez, José Camps, Angel de Rosa, Juan Buccini, Camilo Camino y Bernabé Mancho y tantos otros que con su presencia dieron vida a este bar de leyenda.
José Bucceta el 19 de agosto de 1944, encontrando en el momento de transitar hacia lo definitivo, las manos de sus amigos que en una vieja casona de Inglaterra 23 (hoy Malvinas Argentinas), propiedad de Juan Pierro, le dan su último adiós para luego sepultarlo en el Cementerio Central.


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