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Por Rody Moirón
Para La Máquina del Tiempo

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Durante años la ciudad estuvo sometida a la desprotección que ofrece la sabana pampeana. Los soles tórridos del verano caían sobre el polvo desnudo de las calles y las escarchas del invierno no encontraban oposición para posar su frío sobre el suelo.
Fue un intendente curador, Remigio Meristemo, quien le prestó atención a la intemperie que mostraba la ciudad y decidió tomar cartas en el asunto. Reunió a su gabinete y le dio expresas instrucciones para que averiguaran con qué especies se podía forestar la ciudad, que calcularan la cantidad de árboles necesarios y consiguieran tres presupuestos.
Aunque sus súbditos y opositores se burlaban de Meristemo por su costumbre de vestir solamente camisetas de algodón blancas, era un hombre respetado y su palabra era ley.
Cuando el proyecto de forestación estuvo en carpeta, se lo envió al Honorable Concejo Deliberante para su aprobación. Pero aquello no fue una tarea fácil. Los curadores habían elegido, para tal fin, especies antiguas como robles, cipreses, secuoyas, encinas, hayas, castaños y el que es considerado un verdadero fósil viviente: el ginkgo biloba.
Los oscuretti se negaron a ello aduciendo que una ciudad moderna debería tener árboles de tal naturaleza. Por eso realizaron un listado que contenía sauces, álamos, tipas, fresnos, liquidámbar y palmeras, entre otros.
La discusión pareció ser interminable, aunque por momentos hubo atisbos de acuerdos, como cuando Víctor Troncoso, el jefe del bloque oscuretti, propuso plantar árboles de todas las especies de manera caótica, todos mezclados y los ediles curadores estuvieron de acuerdo. Pero cuando la noticia del arreglo llegó a oídos de Meristemo, éste puso el grito en el cielo y se rasgó la camiseta.
Finalmente, al cabo de varias jornadas de sesiones, se llegó a un consenso que el propio intendente aceptó: en las calles con sentido NE - SO se plantarían las especies modernas y en las que las atravesaban, las antiguas.
La plantación se culminó seis meses más tarde y, tres años después, la ciudad recibía las primeras sombras significativas y algunas calles ignotas comenzaron a ser nombradas como “la de los fresnos” o “la de los ginkgos”.
Silvano Tosudescu, un rumano concertista de dulcímero que vivía en la calle de las palmeras, no resistió evocar su lugar natal, por lo que había cambiado una palmera recién plantada, por un plátano oriundo de la rivera del Danubio.
Los plátanos no habían sido incluidos ni en la lista de los curadores, ni en la de los oscuretti, porque se comentó que en un manuscrito inédito de Charles Darwin había una referencia acerca de cierta tendencia de la especie a producir alergias.
La presencia del árbol infiltrado, durante los primeros tiempos después de la forestación, no llamó mayormente la atención. Pero a los tres años de haber sido plantado, su copa se diferenció de la de las palmeras y todos se dieron cuenta de su presencia. Eso indujo a que comenzaran los comentarios en su contra y, rápidamente, todo acceso de tos, toda línea de fiebre, diarrea, pies de atleta o cualquier otra dolencia, eran atribuidas a la presencia del plátano.
Varias veces le pidieron a Silvano que reemplazara el árbol, pero este, una y otra vez, se negó y alegó en su defensa: “En Rumania somos todos sanos”. Pero algunos lo retrucaban con argumentos que remitían a la hematofagia o cosas por el estilo. 
Y los pobladores comenzaron a desarrollar un rechazo tal hacia el árbol, que terminó desatando una reacción tormentosa cuando en la casa de al lado de la del rumano, falleció un niño de apenas trece años. Al muchacho hacía tiempo que le habían diagnosticado tisis, pero la gente le echó la culpa al árbol y, por transición, a Tosudescu. 
Luego de las exequias del niño muchos pobladores formaron una turba y fueron a buscarlo. No lo encontraron en su casa, pero conociendo sus hábitos, lograron hallaron en un prostíbulo de calle Primera Junta, mientras se entretenía mirando un número de “el baile del palenque”.
Lo sacaron de los pelos y lo arrastraron hacia el monte Caprioli para lincharlo.
Pero la ejecución jamás logró llevarse a cabo. Ante la mirada atónita de todos, el cielo, de repente, comenzó a ennegrecerse progresivamente y un atronador zumbido desgarró el silencio.
Al principio pensaron que se trataba de una maldición que protegía al rumano. Que los demonios venían en su ayuda. Pero pronto comprendieron que se trataba de una manga de langostas. 
Los ortópteros invadieron la ciudad como si se tratara de un ataque a degüello, comiendo a su paso todo lo que tuviera un origen vegetal.
Meristemo reaccionó rápidamente y organizó a la gente para repeler el ataque. Les ordenó que tomaran ramas y las agitaran violentamente. Lucharon infructuosamente durante horas. El intendente transpiró de tal manera que su camiseta de algodón quedó totalmente mojada.
Pero las langostas eran millones y, prontamente, se fueron comiendo las ramas con las que estaban siendo atacadas. Se trató de la más numerosa manga de la que se tenga registro.
El daño no solo se limitó a la destructiva voracidad de los insectos. Como digerían lo que comían, lo defecaban, y toda la ciudad se fue cubriendo con un particular fondant gelatinoso y resbaladizo. Y las viejas se caían y se fracturaban las caderas, las niñas se calzaban chatitas y hacían patinaje artístico y a los caballos de tiro les resbalaban los cascos y no podían mover carruaje alguno.
Al intendente Meristemo le comieron las camisetas que su mujer había tendido en la terraza e, incluso, la que llevaba puesta.
Finalmente, un hecho fortuito, hizo que las langostas se alejaron hacia Lincoln. Acerco Ledesma, un empleado municipal, había encendido las totoras de El Carpincho y el humo y el viento favorable, espantaros a los insectos.
Entre la devastación que habían dejado al retirarse, una sola planta quedó en pié e intacta: el plátano de Tosudescu.
Inmediatamente, Meristemo dio su famoso discurso en cueros, de reivindicación del plátano, que culminó con la célebre frase “…y el que quiera sombras que aguante las carrasperas”. 

Y en sesiones posteriores del Concejo Deliberante se dictó la ordenanza para que dicha especie sea la utilizada para reforestar la ciudad, como símbolo de resistencia a la langosta.

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