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El Grupo de Artillería 101 en la Guerra de Malvinas: Los cañones son atacados desde el aire

El ataque aéreo del 12 de junio que deja fuera de acción a una de las piezas de 155 mm. La muerte del perro artillero Tom. Cinco soldados son heridos.




(Fuente: "Así Combatimos". La historia de los cañones de Junín en la Guerra de Malvinas, G.A. 10 - 2012, Edit. las Tres Lagunas)

Todos los días, casi puntualmente a las 11 y a las 17, aviones Harrier pasaban por arriba de la posición de los Sofma descargando sus armas sobre la misma. Sin embargo, la ubicación de los cañones hacían que las bombas y cohetes cayeran siempre "largas". Esto se debía a que las piezas estaban bien ubicadas, en desenfilada, haciendo que cuando los pilotos enemigos, veían su blanco, estaba ya "muy por encima" del mismo, es decir, demasiado tarde para alcanzarlo con su armamento.

Desgraciadamente, esta situación era demasiada buena para que dure... puede decirse que hasta el 12 de junio estos ataques eran predecibles. Los sirvientes de los cañones normalmente esperaban los aviones y buscaban protección con tiempo suficiente. Pero el enemigo no era ingenuo. Había una posición que tenía dos cañones que se debían silenciar. Su ubicación era ya conocida, solamente había que buscar la forma de llegar y golpearlos. La superioridad aérea era británica así que tan sólo debían cuidarse de algunas armas antiaéreas que había en la zona.


El ataque de ese 12 de junio fue distinto a todos los anteriores. A las 11.13 dos cazabombarderos British Aeroespace (BAe), Harrier GR 3 (como el de la foto)  pertenecientes a la Real Fuerza Aérea (RAF), atacaron la posición desde atrás o sea desde una dirección distinta a la habitual, haciendo una corrida de norte a sur. Se lanzaron en picada inmediatamente después de cruzar cerro Sapper Hill sabiendo exactamente dónde estaban los cañones. En el ataque utilizaron todo lo que tenían: cañones, cohetes y bombas racimos del tipo Beluga.

Uno de los cañones fue alcanzado de lleno. Este era el cañón del Cabo 1ro Liborio. La posición se transformó entonces, en un hongo de humo mezclado con barro, olor a pólvora, gritos, sangre y mucho dolor. Fue tan sólo un instante pero suficiente como para herir cinco soldados y a la mascota de la pieza, el perro Tom.

Al momento del ataque, el Cabo 1ro. Liborio, quien ya tenía muy disminuida su capacidad auditiva, sintió un silbido, atinó a darse vuelta y cuando vio los aviones "ya los tenía encima". Tan sólo abrazó al que tenía más cerca, tirándose al piso y quedando bajo el cierre del cañón. Las esquirlas de la explosión harían estragos en la pieza. El soldado Juan Lucero fue sorprendido al lado de una rueda. Literalmente lo perforaron, resultando herido de gravedad.Al soldado Polo le provocaron cortes en la pierna y en el hombro. Al soldado Darío López, heridas importantes en una mano. Al soldado Hernández, cortes en uno de los dedos de la mano. Al soldado Julio Báez, heridas en una pierna y al jefe de pieza, una le cortó le mentón, sufrió un corte profundo en la espalda que le rozó el pulmón. Otra lo alcanzó en la parte posterior de la pierna derecha. Esta última se alojó entre nervios y tendones, lo que le provocó muchísimo dolor impidiéndole todo movimiento.

El perro Tom quedó con heridas muy serias que hicieron que debiera ser sacrificado en el lugar. Hoy descansa en suelo malvinense. Este bravo artillero de Mitre jamás se separó de sus hombres acompañando a sus soldados hasta el último instante de su vida.

Los heridos, como hemos visto, fueron de distinta consideración. El ataque del 12 de junio significó para estos doce hombres el fin de la guerra. Ya no volverían a combatir con el Sofma, desde ese momento su lucha sería de otro tipo.

Por si regresaban los aviones enemigos, todos, heridos e ilesos buscaron refugios en los pozos. Desde el puesto comando del GA 3 se pudo ver el ataque. Por la magnitud del mismo se pensó que los daños y las bajas habían sido importantes. El bombardeo cortó los cables de comunicaciones dejando la posición aislada. Sin embargo, al cabo de unos minutos el teniente primero Daffunchio logró establecer enlace, informando que tenía en la posición al jefe de pieza y cinco soldados heridos.

Rápidamente vinieron del GA 3 a socorrerlos. Quien estuvo a cargo de la evacuación fue el mayor Milanese, quien apareció en la posición con varios vehículos. Se trasladó a los heridos al hospital de Puerto Argentino, donde se les practicaron las primeras curaciones.

A los soldados Lucero y Polo los trasladaron al continente en un Hércules C-130 en el que sería el último vuelo de la guerra, en la noche del 13 de junio. Paradójicamente, este ación resultó ser el mismo que los había cruzado desde el continente a las islas, el 14 de mayo. Los restantes heridos permanecieron internados en el hospital de Puerto Argentino.

De aquel ataque nos da sus impresiones el jefe de pieza: "Los aviones cruzaron el cerro Sapper Hill con dirección noreste, atacándonos de atrás. Largándose en picada pasan entre medio de los dos 155 mm que a esa altura de la guerra estaban casi juntos, uno detrás del otro. Nos arrojan todas las bombas, cohetes y nos ametrallan. Una de las bombas no detonan haciendo una zanja cerca de nuestro cañón. Tratamos de cubrirnos debajo de la pieza, lo logramos casi todos los que estábamos operando el material, menos el soldado Juan Lucero y el dragoneante Adrián Polo que estaban acarreando munición.

Todo quedó arrasado y fue una gran confusión, barro, humo, gritos, sangre, dolor. Todos fuimos heridos, cinco soldados y yo. También nuestra mascota Tom que pagó con su vida el no dejarnos solos ni un instante...quedó muy mal herido sobre una roca...vi sus ojos negros saltones. Alguien ajeno a nuestro grupo y que nunca quise saber su nombre, lo sacrificó. En honor a él, cuando volví al continente todos los perros que tuve los llame Tom.

El soldado Juan Lucero fue el herido más grave. Luego se hicieron presentes en la posición vehículos del GA 3 para evacuarnos al hospital de Malvinas.

Dejamos en la posición al teniente primero Daffunchio, al sargento ayudante Garnica y a cinco soldados con el cañón 155 mm fuera de servicio y el compromiso asumido de seguir cumpliendo la misión...y así lo hicieron hasta el final de los combates.

Fuimos internados en el hospital. Ese fue uno de los días más sangrientos de la batalla. En una camilla de campaña, delante de mí, estaba Lucero, a quien le inyectaron en un brazo sangre y en otro suero. Por el dolor de mis heridas me asomaba como podía para poder verlo. Al rato vino un médico, me revisó y le sacó a Lucero las conexiones, las ató juntas y se fue. Yo lo llamaba pero no me contestaba...Al rato vinieron dos más, lo inyectaron de nuevo y se lo llevaron.

Allí recuerdo que a pesar del dolor de las heridas pude bañarme. Grande fue mi sorpresa cuando me saqué los borceguíes y sentí que los pies se me hinchaban. Cuando quité las medias después de treinta días salieron con ellas tres uñas de los pies...Los dedos estaban morados, medio negros y verdosos. Sentía unos pinchazos bárbaros. Tenía principio de "pie de trinchera". Según lo que me dijo el médico del hospital, un teniente primero de apellido Silvestre, un día más y hubieran tenido que amputar".


El soldado Aldo López cuenta sus impresiones de aquel fatídico día: "El ataque me encuentra parado justo detrás de la flecha del cañón. Escuchamos el ruido del avión pero no lo veíamos. No podíamos orientarnos de dónde venía. Es que era como un eco, esto seguramente provocado por las alturas que había en toda la zona.

Cuando salen del cerro vienen volando uno detrás del otro. El primero me sorprende. Me tiro debajo de la flecha cuando veo que tira el segundo. Para mí que el tiro del primer avión no nos alcanzó, pegando delante o pasando la posición. Creo que fue el segundo avión el que nos impacta de lleno.

Lucero estaba tirado en la calle. Polo en un pozo. Era un griterío tremendo. Alguien grita que vuelve el avión y nos metemos de nuevo en los pozos. Salimos cuando nos damos cuenta que no era así. 

Descubro entonces que mi mano sangraba. Era como que la sangre me salía con mucha fuerza a borbotones. Me la vendé yo mismo. No sentía dolor. Sólo pensaba en Juan Lucero que lo ví realmente mal. Esperamos que vengan a buscarnos. Fueron minutos pero parecían interminables. Nos evacuaron finalmente en dos vehículos".


El cañón quedó con daños de consideración, haciendo que deba ser abandonado ante la imposibilidad de repararlo: los dos neumáticos estaban reventados, los cilindros de freno inutilizados y los recuperadores abollados.








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